Yo y él

by Lucia Brandoli Bousquet

yo y él, Lucia Brandoli

Estoy de pie, vestida, frente a un espejo. Tengo la cremallera bajada y la mirada fija. Él ha salido sin llamar la atención. No sé por qué, pero nunca antes le había hecho caso. Hasta ayer no me di cuenta de cuánto estaba interesada en él. Lo había desatendido sistemáticamente, como algo que no existe, o aún peor, que no te pertenece. Y él siempre ha estado ahí, la cosa más normal y olvidada del mundo.
He subido las escaleras hasta esta habitación arrastrando un pie tras otro, como si de repente el aire se hubiera vuelto demasiado denso, o mis articulaciones demasiado rígidas, y sin embargo tenía prisa. Hoy ha sido un día raro. He ido al médico y muchas cosas han cambiado. La señora Claudia tiene un nuevo perro. Antes tenía un caniche negro, y ahora he visto un volpino blanco corriendo por el jardín. Además, el inquilino del tercer bloque ha subarrendado el piso a una familia de testigos de Jehová. Lo sé porque han dejado folletos por todas partes. En fin, un día horrible, más que raro. La tarde está avanzada y yo estoy de pie, en una habitación de invitados de nuestro piso. Última planta, con terrazas unidas. Para obtener este palacio mi madre ha hecho lo imposible, pero ahora podemos presumir de una enfilade de habitaciones, cada una con cama de matrimonio y baño privado, dos puertas y un espejo. Lástima que no tengamos la ocasión de tener tantos invitados. Pero nadie se da cuenta. Y yo vengo a esconderme aquí. Puedo quedarme horas, total, nadie viene a buscarme –y si oigo que alguien se acerca, siempre puedo pasar a otra habitación.
Estoy de pie, vestida, y me miro la mitad reflejada en el espejo. Me gustaría que hubiera alguien por aquí, pero la puerta está abierta y todo está desierto. Decido cerrarla, por lo menos aquella. Y me miro a la cara, mejor concentrar la atención en algo conocido.
Tal vez me gustaría que en el hospital hubieran hecho realmente lo que decían, pero mi madre dijo que no, que aún soy una niña, que tendré que decidir yo sola.
Odio tener tantas posibilidades, es como si te obligaran a tomar una decisión y yo no quiero hacerlo. Escoger es siempre renunciar. Me gustaría que lo hubiera hecho mi madre. Me gustaría haber sufrido un accidente lo bastante grave, o lo bastante preciso. Pero no, volvimos a casa en el Volvo negro de mi padre, como si no pasara nada.
Nada más llegar, mi madre me preguntó si me apetecía un té y yo le dije que sí, solo por cortesía, pero no podía esperar a escaparme a aquí arriba y estar sola. Los veinte minutos más largos de mi vida, lo juro, con aquella taza que parecía no querer enfriarse nunca.
Me observaron bien. Todo está bien, según ellos. Todo procede como debería. Estoy creciendo, dijeron. Soy proporcionada, ningún órgano está sufriendo. Perfecto, pude volver a casa sin ninguna intervención, cicatriz, o sutura. Otra vez. Lo miro. Me gustaría llevarmelo delante de los ojos con un par de pinzas y en cambio sólo percibo su presencia lejana, como si fuera una parte de mí y al mismo tiempo un cuerpo extraño.

Tengo un recuerdo vago de cuando lo descubrí, de cuando me di cuenta de que era algo que ni mi madre ni mi hermana tenían. Nadie sin embargo parecía hacerle caso, por tanto yo también aprendí a no hacerle caso y me olvidé. Hasta ahora.
Cuando nos bañábamos, nunca pasaba nada raro. A Anna y a mí nos frotaban al mismo tiempo, con nuestras toallas rosas –bajo las axilas, bajo el mentón y entre las piernas. Entonces no era nada más que un pezón hinchado y yo lo llamaba la Tortuga. Era algo especial. Era lo que más me confortaba: el signo indiscutible de que yo era diferente de todos ellos, o al menos de que no formaba totalmente parte de la familia. Quizás lo había estudiado en su momento, cuando mi madre me explicó como lavarlo, pero luego no había vuelto a pensar en él. Ahora aparece por debajo de mi ropa con toda la fuerza que una forma puede tener y yo me quedo aquí mirándolo a distancia en el espejo. En la superficie rectangular estoy yo, mis ojos, mi pelo, el cuello y los hombros, mi ombligo y él. Estoy convencida de que no se nota debajo de los vaqueros. El problema es que tengo miedo a tocarlo. Consigo acercarle las manos solo en el agua y ya pasé algunos meses sin lavarme. Lo cual me costó una infección seguida de una bronca de mi madre. Quizás el problema es que en mi casa todo ha sido siempre muy normal, lógico, analizable. Nunca ha habido algo lo bastante fuerte como para perturbar el orden en nuestra familia, imagináos si este algo podía ser yo. Ahora bajo. Ya está. Toda esta historia me ha aburrido.
Me miro reflejada en el ventanal que corre alrededor de las escaleras. Todo el mundo dice que soy guapa, que soy muy femenina. Lo sé. La próxima vez me quitaré la ropa.

Durante el recreo, Greta me reveló que a las mujeres la cremallera de los pantalones no nos sirve para nada. Es supérflua, nos acostumbramos a ello solo porque empezamos a llevar una indumentaria masculina. Eso es lo que dijo, dándole peso al término, con gravedad, “indumentaria”. Eso me impresionó un poco. No le dije que a mí no me parecía tan inútil y me pregunté como hacía ella para hacer pipí, pero no soy lo bastante amiga de ninguna chica como para preguntar algo así, o para entrar juntas en el baño, y mi hermana tiene sus propias amigas.
Me di cuenta, al bajar las escaleras y saludar a Lucia, que ahora lo conozco un poco más, lo siento mirando a su alrededor mientras camino. Lo percibo delante de mí, como si estuviera protegiéndome. El verdadero nombre de Lucia – la asistenta- es Svetlana, no se por qué pero se empeña en hacerse llamar así. A mí me parece estúpido y raro y sigo llamándola con su verdadero nombre, pero ella, molesta, nunca me contesta cuando lo hago. Cada vez que tiene la oportunidad, me pregunta si tengo un noviete. «Ete», dice provocándome un escalofrío de fastidio que intento disimular cada vez. Me gusta parecer amable. «No, Svetlana» le digo, aunque en realidad sí he tenido alguna experiencia con unos chicos, pero ellos solo intentan tocarte un poco las tetas en los vestuarios del gimnasio y meterte la lengua en la boca. No hace falta decir que ninguna de las dos cosas me entusiasma especialmente.
Mamá está en el salón con sus amigas y me llegan fragmentos de discursos descuidados que abarcan más o menos todo el conocimiento humano: de las células madres a la cocina molecular, del desarme nuclear a la última novela de la Egan. ¿La he visto leer un libro alguna vez? No. Mientras me entretengo con estas tan fantasiosas como inútiles preguntas, voy a la cocina a prepararme un bocadillo, esperando que ninguna me note y sienta la obligación de dirigirme la palabra. Desde la mesa veo una serie de codos regordetes apoyados en los sillones, algunos un poco rojos. Cruzo las piernas y empiezo a comer. Debería estudiar quince páginas de ciencias, pero no creo que lo haga. Me gusta sentir las costuras de los vaqueros entre las piernas y sigo balanceándome sobre la silla.

Este més me he saltado la cita con el médico y he decidido dejar de llevar bragas. Grandes novedades. En realidad no sirven para nada –más o menos como las medias- y me gusta sentir la piel frotar contra la ropa. La colada la hace Svetlana, así que mi madre nunca se enterará. Es más, he visto que tampoco ella tiene la costumbre de llevarlas. Además: desde hace cuatro semanas voy al Zoonie con Cami. Las canchas están bien cuidadas y la estructura es nuevísima. Cami no es la mejor jugadora de tenis de la historia, pero yo tengo que mejorar y de momento está bien así: no tiene problemas en hablar con los chicos y siempre paga los viajes en taxi. Yo en cambio llevo las latas de pelotas. Para mí es, más que nada, una cuestión de principio: me fastidia jugar con las de cuarenta céntimos del centro comercial.
Están bien sólo para los masajes en los pies que mi madre y sus amigas se hacen en el curso de reequilibrio postural. De todas formas, Camilla y yo no estamos en la misma clase, ella va un año antes que yo, a tercero, porque empezó antes del corte de edad. Me gusta volver en taxi con ella y evitar la verde- que a esta hora está a tope – y al fin y al cabo me gusta también Camilla. Su padre trabaja en el campo de la industria farmacéutica y ella siempre obtiene maquillaje gratis. Me lo presta después de los entrenamientos, así que cuando me voy para casa con los labios brillantes, los ojos más negros y el pelo suelto y un poco sudado me siento realmente independiente y finjo que no tengo una familia. En el taxi imagino que le doy otra dirección al conductor y que llego en algún lugar lleno de una vida totalmente distinta a la mia, listo para acogerme. Pero sólo tengo ideas vagas sobre esta vida, en realidad no sé lo que haría. Durante el viaje, además, Cami y yo nos comimos un montón de Goleador coca y limón. Pedimos que nos devuelvan el resto de las fichas para los secadores en caramelos y luego nos vamos.
«Eh, Giuli» gime en un momento dado, «¿te apetece subir?»
«Claro»le digo después de un rato. Aún estaba pensando en el último set ganado.
«Así puedo devolverte la toalla que me prestaste la semana pasada. Mi madre la mandó a limpiar.» «No hacía falta.»
Pienso que de un momento a otro podríamos transformarnos en nuestras madres e intento concentrar mi atención fuera de la ventanilla. Camilla sigue hurgando en la bolsita de caramelos y parece indecisa sobre si decirme algo o no, luego se vuelve un momento hacia mí y susurra: «También tengo que darte otra cosa.» «¿Qué?» le pregunto sin demasiada convicción.
«Un libro» y tras una pausa a su juicio bien calculada, «habla de sexo. Verás. Lo encontré en la librería de mis padres y no se han dado cuenta» me dirige una sonrisa cargada de promesas y yo como siempre no sé cómo expresar mi entusiasmo. La verdad es que no me gusta la palabra “sexo”, más bien me incomoda. Sin embargo, yo también improviso una sonrisa, curiosa por ver cómo es su casa. Sigo mirando afuera mientras ella termina las Goleador, hasta que llegamos. Nada más bajar del taxi, el edificio donde vive Camilla nos domina, gris y majestuoso. Mientras esperamos delante del interfono, me doy cuenta de que soy mucho más alta que ella. Nos abren y entramos, el vestíbulo está fresco y al fondo parpadea el indicador del ascensor.
«Tengo que decirte una cosa» empieza Camilla, «Mi hermano, ¿sabes? ¿Peter? Es un poco raro.»
Dejo de leer la lista de las normas de seguridad sobre la pegatina. «¿Cómo que “un poco raro”?»
«Nada, sabes, solo que es un tipo un poco especial. Así que, bueno, si le ves haciendo cosas raras, finje que no pasa nada, él es así» Camilla deja desvanecer la frase en algo no-dicho que al parecer yo debería ser capaz de pillar, luego se pone a mirar fijamente el botón negro con un 8 escrito. La información me preocupa un poco pero intento que no se note. Miro mis labios brillantes en el espejo y trato de no mirar a ninguna otra parte.
Llegamos a la planta ocho. La puerta de la casa está entreabierta y basta con empujarla un poco para entrar. Camilla cruza la entrada y apoya su bolsa en el suelo, para luego desvanecerse en la oscuridad al fondo del pasillo. No sé si tengo que seguirla o esperar aquí, abandonada. Me arrimo a una silla y tengo la mochila entre las piernas, pero como Camilla no vuelve empiezo a inspeccionar el salón. En las paredes hay copias de aficionados de grandes clásicos de la pintura europea, pero sólo reconozco a Degas y Monet. Creo que es su madre quien los hace. Los muebles parecen bastante caros y todo es muy barroco. Parece una de estas casas que la gente tiene como museos, y luego viven todo el año en la kitchenette del piso de abajo. En medio de la mesa central hay un cenicero de cristal y un jarrón de flores de plástico que desde lejos parecen verdaderas – me levanté para controlarlas. Llevada por la misma duda dejo la mochila debajo de la silla y me acerco a las orquídeas. Los tronchos parecen vivos, pero las flores se han aplicado con pequeñas pinzas negras, similares a las que se usan para el pelo. De repente una voz femenina grita de algún punto del piso: «Camilla, ¿eres tú?» Me quedo en silencio y no oigo respuestas. A mis ojos el salón ha agotado ya su potencial y entonces intento abrir una puerta. Delante de mí se abre lo que parece ser el despacho del cabeza de familia. Hay un imponente escritorio de caoba y la pared está llena de diplomas. Parece el despacho de un abogado, más que el de un químico. Después de inspeccionar todos los atestados, para no correr el riesgo de provocar ruidos que delaten mi presencia, retrocedo dejando la puerta entreabierta y vuelvo donde me dejó Camilla. Y efectivamente al poco tiempo llega una asistenta que me da mi toalla.
«Gracias» le digo, «¿Dónde está Camilla?»
No estoy segura de que la mujer entienda, porque sólo asiente con la cabeza y se limita a sonreír. Luego se va. Espero un poco más aquí sentada y ya me he leído todo lo que tenía a mano: una revista de moda del mes pasado, las direcciones de los remitentes del correo apoyado sobre la mesita, los varios Made in Italy debajo de la cerámica que llena los aparadores y un programa de una sala de conciertos: Fidelio. Pienso irme, pero no encuentro ni un pedazo de papel donde dejar un mensaje y no me parece educado irme sin avisar. Así que allí me quedo, paralizada por la vergüenza y las ganas de hacer pipí. En mi cabeza me imagino las consecuencias apocalípticas que se desencadenarían en el caso de que mojara la silla, la alfombra o tan solo mis pantalones y decido arriesgarlo todo y aventurarme en búsqueda del baño. Parece el tipo de casa que tiene un baño para cada invitado, como la nuestra más o menos. Pero la nuestra es más sobría. Descarto inmediatamente la puerta del despacho y me topo con un trastero que luce un orden familiar e hipócrita. La segunda puerta esconde una pequeña sala de estar rosa, la penúltima posibilidad del pasillo. La última da a la cocina que, a su vez, tiene otra puerta. La abro de par en par, casi no pudiendo caminar más. Me duele la barriga, me arde todo, no aguanto más, pero lo que aparece ante mí es efectivamente el baño. Perfecto, limpio, oliendo a melocotón, sin embargo, entre un juego de toallas y otro, hay un chico. Ni siquiera tengo el tiempo de entender que es el hermano de Cami. Tiene los pantalones enrollados en los tobillos y los calzoncillos bajados le han dejado una marca roja en el muslo. En la mano derecha tiene algo que sacude cada vez más fuerte. Tiene la nuca apoyada contra los azulejos azules y la boca entreabierta. No se ha dado cuenta de que he entrado. Toda la operación produce ruidos raros, pero él no parece darse cuenta. Es como si a su alrededor ya nada existiera: ni pastillas de jabón con forma de corazón, ni velas ni sales de baño, asistentas entrometidas o amigas de la hermana. Tiene como una especie de prisa absoluta, como si tuviera que liberarse de un deber fundamental. Sigue estrujando, la punta es brillante. No puedo dejar de mirar, así que permanezco allí durante una cantidad de tiempo indefinida. De vez en cuando, algo viscoso le cae encima. Luego me acuerdo de que tengo que vaciar mi vejiga, doy un paso atrás sin darme la vuelta y cierro la puerta detrás de mí. Siento mi cara que arde y mi corazón late tan fuerte que un poco más y lo escupo. Siento algo que pulsa entre mis piernas y, dado que ese parece ser el único baño disponible, abro la cremallera y meo en el jarrón de un auténtico Ficus Benjamin. Luego vuelvo a mi silla y, como si no hubiera pasado nada, espero.

«¿Por qué no has venido? Te estaba esperando en el otro cuarto» Camilla vuelve a aparecer con dos latas de Fanta, «No te preocupes. ¡Ven!» y me hace una seña con la cabeza que parece partir de la punta de sus cabellos. Yo la sigo como un autómata. Trato de parecer interesada, pero mi cabeza está ya a kilómetros de distancia. Ha hecho estallar en un instante miles de mundos y, cuando me enseña la parte mejor del libro que estaba buscando, no puedo hacer otra cosa que emitir un flébil “Ah”, meterlo en la mochila y volver a mi casa. Y ahora, aquí está. Estoy de pie, desnuda, en medio de la habitación, frente a un espejo. Con la cremallera bajada, lo tengo en mi mano. Algo a que aferrarse cuando estás a punto de caer. Lo agarro a la altura de la ingle y ahora que yo también lo tengo y que puedo usarlo me siento tan aliviada que siento un sabor dulce en la boca. Porque basta con agarrarlo y frotar. Agarrarlo y frotar.

Traducción de Francesca Miola

Foto de Francesca Iovene

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