Variaciones de hospital

by William VanDenBerg

Variaciones de hospital, de William VanDenBerg

1
Estabas plantando bulbos en el jardín cuando tu brazo desapareció. “Puedo sentirlo,” decías, “pero no puedo verlo.” Estábamos juntos desde la primavera anterior, y ese año querías flores. Vivíamos en una casa junto a muchas otras personas. La desaparición no era, en realidad, una emergencia, así que decidiste no llamar a la ambulancia. Conduje hasta el hospital más cercano. En la sala de espera, un hombre cantaba a pleno pulmón extractos de Hello, Dolly!, Los Miserables, y el repertorio completo de Cabaret. A su mano izquierda le faltaban varios dedos. Siete madres parieron. Las enfermeras dijeron el nombre del hombre de los musicales durante una interpretación lamentable de ‘Tomorrow’. Gritaron “¡Trevor!”, y él navegó entre las puertas de formica oscilantes. Incluso los neonatos aplaudieron mientras pasaba. A través de las altas ventanas, vimos la luz del día esfumarse. Dijeron tu nombre poco después. Enfermeras enfundadas en plástico translúcido nos condujeron hasta tu habitación. Intentamos dormir. Tú en un sillón de reconocimientos, yo en un banco de polipiel. Cuando llegó el médico, miró durante largo tiempo tu no-brazo. “Sí, tienes suciedad en las venas,” dijo. “La suciedad obstruye la sangre que le permite al brazo ser visto. Se trata de óptica de base.” Del interior de la bata extrajo un bote de líquido plateado. “Vete a casa y tómate esto. Quizás un poco menos de jardinería te iría bien. No sé.” Volvimos a casa, te bebiste el frasco entero y tu brazo volvió. El sol amenazaba con asomarse y la mañana era fría, estaba a punto de helar. Nos metimos en la cama y nos tapamos con las mantas. Nos dormimos poco después del alba.

2
Pasó una década. Nos mudamos a una pequeña ciudad cerca del mar, alquilamos un bungalow en ruinas. El pueblecito se aferraba a una cala como comida en torno a la boca de un niño. Estábamos nadando en la bahía, y, de repente, dejaste de respirar. Sacudías los brazos fuera del agua. Estabas doblada hacia delante, pero te negabas a volverte morada – tu piel permanecía de color azul pálido. Una ambulancia nos llevó al hospital regional. A nuestra llegada, una mujer con el uniforme oficial de enfermera te cogió la mano. Llevaba sus pelirrojos y rizados cabellos recogidos en alto. No tuvimos que esperar. Durante el trayecto hasta tu habitación, no vimos a ningún otro paciente. La enfermera te metió un tubo de respiración por la garganta. Se oyó un ruido de chapoteo cuando el tubo tocó el agua de tus pulmones. Empezaste a respirar mejor. Un médico entró y sacó una foto de tu pecho con una Polaroid. Me la enseñó y me dijo, “Haz algo útil y sacude la foto.” Empezó a aparecer una imagen de tus entrañas. Tus pulmones parecían lagos ovalados. Vimos crestas blancas sobre aguas abiertas. “Has nadado demasiado en el océano. Se ha convertido en parte de ti.” Les dijiste que no entendías. “No importa,” dijo ella. “Todos saben que el agua es una entrometida.” Un cirujano te operó a la mañana siguiente. Cuando terminaron, una enfermera me acompañó a la sala de reanimación. Tu caja torácica era una fila regular de puntos. Nunca más volviste a nadar – meterte en la bañera era tu límite. Nos dieron una grabación de la intervención. Semanas después, la metimos en nuestro reproductor. Vimos tu caja torácica abierta. Tus pulmones eran piscinas gemelas. Habían extraído el agua con esponjas fluorescentes baratas. El cirujano había introducido tus pulmones secos y cerrado tus costillas como una reja. Me dijiste que la parte más difícil de estar enfermo era la falta de acción. ¿Tus cicatrices? Cualquier cosa que signifique ‘¡estoy vivo!’ de una manera tan clara es preciosa. Meses después, dejamos atrás el mar.

3
Pasó otra década. El invierno había acorralado nuestro pueblecito noroccidental. Capas de hielo cubrían el exterior. Una noche, dijiste que no oías de un oído. Encontré escarcha alrededor de tu lóbulo, cristales de hielo que bloqueaban el conducto. Lo intentamos con mantas eléctricas y agua caliente, pero el hielo no se derretía. Agradecí que no pudieras sentirlo. El frío, afortunadamente, aislaba la mitad de tu cabeza. Conduje a través de las llanuras congeladas, haciendo resbalar nuestras ruedas lisas sobre el hielo. Miraba la escarcha expandirse hacia tu cuello y aceleré. Cuando llegamos, compartimos la sala de espera con estufas de aire. Las enfermeras llevaban abultados abrigos negros. Nos llevaron directos al quirófano. “Ya hemos tenido casos parecidos,” dijo una enfermera a través del pasamontañas. Las lámparas del quirófano proyectaban una luz amarilla. Si no era Navidad, faltaba poco. El médico entró y anunció un plano audaz: “¡A la mierda, enfriémosla todavía más!” Metió tu cabeza en un frigorífico rojo lleno de hielo. Las enfermeras amontonaban más hielo según se iba derritiendo. Después de unas cuantas horas, tu cuello se había vuelto de color azul oscuro, casi noche. “¡Más frío, más frío!” gritaba, lanzando billetes de cinco y de diez arrugados por toda la habitación. Tú implorabas desde el interior del frigo. Finalmente, el médico se dio por satisfecho. Te sacó la cabeza. El hielo afloraba por mitad de tu cara. Cuando tus dientes castañeaban, los cristales tintineaban. El médico convocó un coro de enfermeras. Sacó un martillo de la manga. Una extremidad del martillo era plana, la otra era afilada. El coro repitió varias octavas. Cuando alcanzaron la frecuencia adecuada, los cristales vibraron, respondieron al canto. El sonido inundó la habitación. El médico martilleó el cristal central con la extremidad afilada de su martillo. Se hizo añicos, cayendo al suelo y derritiéndose. La habitación quedó en silencio. Tu piel rosada quedó al descubierto. El coro aplaudió. Durante los años siguientes, podía apoyar la oreja en cualquier parte de ti y escuchar el murmullo cada vez.

4
Pasó otra década. Envejecimos, pero no lo suficiente. Estábamos en medio de unas ‘largas vacaciones’, lo que significaba que no teníamos fecha de vuelta establecida. Estábamos en una pequeña ciudad holandesa superpoblada de iglesias. Mientras íbamos en un taxi, todo tu ser empezó a fallar: memoria, párpados, lógica, codos, corazón y todo lo demás. No podías hablar. Me miraste como si estuviera lejos de ti. Tus pupilas se empequeñecieron hasta convertirse en puntas de alfiler, luego desaparecieron. El conductor nos llevó rápidamente al hospital más cercano. Era un edifico moderno construido dentro de un acantilado de cal. Momias católicas, engalanadas durante siglos, ocupaban gran parte de la sala de espera. Los pasillos estaban llenos de enfermeras. Diez de ellas formaron una anillo en torno a ti en el quirófano. Dijeron en un inglés forzado: “Hay un fuego. Se está apagando.” Una de ellas se fue, volviendo al momento con unos guantes de hierro y pinzas de acero. Las pinzas sostenían un trozo de carbón ardiente. Emitía chispas por toda la habitación. Las otras nueve enfermeras se volvieron hacia el otro lado. La del carbón llevaba una careta de soldador. La luz me quemaba los ojos. Te besé. Intenté decirte algo, pero las palabras se agarrotaron y no fui capaz. Ese es mi mayor remordimiento – no haber sido capaz de decir nada sustancial. Tus iris perdieron su color. La enfermera metió el carbón en tu boca abierta. Miré el fuego dentro de ti. Perdí de vista tu cuerpo en una nube de humo. Al momento se apagó. El humo se dispersó. No eras otra cosa que huesos y cenizas. Un espesa capa de hollín cubría la sala. Una enfermera dijo algo que no recuerdo, creo que para consolarme. Permanecí allí hasta que no se llevaron la camilla con tus restos encima. No pedí que me los dieran. No fui capaz. Caminé una larga distancia hasta el hotel y no pude dormir durante semanas. Cuando volví a nuestra casa en América, encontré un paquete esperándome. Una caja de cartón envuelta en papel de carnicería. ¿El hueso que había dentro? Creo que era tu fémur, bañado en oro y recubierto de piedras preciosas. Una tarjeta me informaba de que habría podido admirar tus restos decorados en un museo de The Hague. Desde aquel momento en adelante, mis vacaciones se convirtieron en un peregrinaje.

5
Pasaron décadas. Enfermé, así que cogí un tren regional. Me bajé en la última parada, un hospital rodeado de trigo dorado y nada más. Mi vagón permaneció vacío parada tras parada. ¿El hospital? Impoluto e inexorablemente brillante. “A lo mejor hay algo que no va bien en mis ojos,” dije antes de desmayarme en el vestíbulo. Me metieron en una cama y me tuvieron allí durante días, quizás semanas. Nunca vi un médico o una enfermera. El hospital seguía siendo brillante, por eso tenía los ojos cerrados. Al final oí una voz al final del pasillo. Me quité los cables y salí de la habitación. El pasillo se extendía delante de mí. Abrí los ojos, alcé la mirada del suelo. Estaba en el último piso. Lo sé porque no había techo. Un cielo despejado se abrió por encima de mí. Lo miré. Oí la voz de nuevo. Un cielo despejado se abrió por debajo. La voz apremiaba al otro lado del cobijo azul. Podía sentirlo, como un batido. Cerré los ojos, avancé y lo encontré.

Traducción de Miriam Hernández Barrena


William VanDenBerg

William VanDenBerg è l’autore di Lake of Earth (Caketrain Press, 2013) e Apostle Islands (Solar Luxuriance, 2013). I suoi racconti sono apparsi in The Collagist, Vol. 1 Brooklyn, The Fanzine, e altrove.